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La historia de nuestra redención

  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Este 2026 la película “Los diez mandamientos” está cumpliendo 70 años de haberse estrenado (allá en 1956). Recuerdo que, de niño, la Semana Santa tenía un ritmo litúrgico peculiar: el silencio del Jueves Santo, la oscuridad del Viernes, y luego —inevitablemente— la transmisión televisiva de “Los diez mandamientos” de Cecil B. DeMille. Parecía un consenso cultural no escrito: “El sábado toca ver la película de Moisés, porque es Semana Santa”. Y uno, ingenuo, se preguntaba: ¿Qué tiene que ver el éxodo de Egipto con la cruz del Gólgota? ¿Acaso no son dos historias separadas por catorce siglos?

Pero la TV, sin saberlo, afirmaba con aquella programación, una de las convicciones más importantes del cristianismo: LA NARRATIVA BÍBLICA ES UNA SOLA. Desde el Edén hasta el Calvario, desde la creación hasta la nueva creación, no hay múltiples salvaciones, sino un único drama divino. La sangre del cordero pascual sobre los dinteles —que DeMille recrea con épico realismo— no es sino un preludio, un tipo, una sombra que apunta hacia la única realidad: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

EL EVANGELIO ES HISTORIA, NO MITO

Aquí yace la diferencia radical entre nuestra fe y las religiones paganas. Los mitos de Canaán, Egipto o Grecia son cíclicos: la muerte y resurrección de Baal o de Osiris narran el eterno retorno de las estaciones, la lucha perpetua entre orden y caos. Pero el cristianismo, desde su núcleo, confiesa que Dios es soberano sobre una historia lineal, con un principio (“En el principio, Dios…”), un clímax (“Consumado es”), y un fin (“He aquí, hago nuevas todas las cosas”). No estamos atrapados en un círculo eterno de repeticiones; avanzamos hacia una meta.

El evangelio no es, primariamente, un discurso moral —aunque conlleva ética— ni una filosofía de vida —aunque es sabiduría—, ni siquiera una doctrina académica —aunque tiene contenido proposicional. EL EVANGELIO ES, ANTE TODO, UNA HISTORIA REAL. Una historia con nombres propios: Adán, Abraham, Moisés, David… Y su protagonista no es un arquetipo, sino el Hijo de Dios encarnado, Jesucristo, quien entra en la historia desde fuera de ella, porque es el Autor de la historia.

EL HILO ESCARLATA: DE EDÉN AL CALVARIO

Cuando la serpiente susurró en Edén, Dios no respondió con un tratado teológico, sino con una promesa narrativa: “La simiente de la mujer te herirá en la cabeza” (Génesis 3:15). Esa es la apertura de la trama. Luego vienen los sacrificios de Abel, Noé, Abraham, el cordero pascual, el sistema levítico —todos ellos prefiguraciones, actos de un drama que se va espesando. Los profetas, lejos de ser meros moralistas, son narradores anticipados: Isaías ve al Siervo sufriente (capítulo 53), Jeremías anuncia un nuevo pacto (31:31-34), Ezequiel contempla al pastor que busca a sus ovejas (capítulo 34).

Y finalmente, “cuando llegó la plenitud del tiempo” (Gálatas 4:4), Dios mismo entra en escena. El Verbo se hace carne. Aquí se ancla nuestra certeza acerca de todo lo anunciado en la biblia: JESUCRISTO ES EL CUMPLIMIENTO DEL NUEVO PACTO, no un mero maestro iluminado. En Él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad (Colosenses 2:9). Su cruz no es un accidente trágico, sino el acto central de la historia: el Cordero Pascual verdadero, cuya sangre no solo libra de la muerte temporal, sino que apaga la ira de Dios contra el pecado y sella una alianza eterna.

¿POR QUÉ IMPORTA QUE EL EVANGELIO SEA HISTORIA?

Porque solo una historia real puede dar esperanza real. Las utopías dan consuelos abstractos; los mitos dan significado cíclico; las doctrinas sin narrativa se vuelven frías. Pero el evangelio nos dice: “En aquellos días, salió un decreto de César Augusto…” (Lucas 2:1). “Pilato escribió también un título…” (Juan 19:19). Dios no redime ideas, redime personas, fechas, huesos, sangre, sudor y lágrimas.

Así que, si este 2026 vemos nuevamente a Charlton Heston partiendo el Mar Rojo, recordemos que aquella escena es parte de nuestra misma historia. El mismo Dios que abrió las aguas para redimir a Israel, abrió el sepulcro para redimir al mundo. La sangre del cordero en Egipto y la sangre de Cristo en el Calvario son una sola sangre en el propósito redentor. La noche de la Pascua judía y la mañana de la Resurrección son un solo amanecer.

Porque el evangelio no es una colección de verdades atemporales; es el relato del Dios vivo actuando en el tiempo. Y porque es una historia —y una historia verdadera—, mi vida, tu vida, el cosmos entero, tenemos un lugar en ella. No somos espectadores de un mito, sino personajes convocados a entrar en la trama, con la seguridad de que el Capítulo Final ya ha sido escrito: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). Samuel Hdz. Clemente / Ministro de Educación


 
 
 

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